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El certificador vino de Colombia

El 2 de septiembre estuve en el estudio de LU20, en Trelew, en el debate por el Día de la Industria. En un momento, un empresario metalúrgico contó algo al pasar. Para entrar a determinados contratos necesitaba que sus soldadores estuvieran certificados, y como acá no había quien lo hiciera, trajo un certificador de Colombia. Lo dijo sin queja, como quien enumera un costo más de la operación.

Una semana después, el 9, en Puerto Madryn, Christian Haag, de Mariscope, dijo en la apertura de las II Jornadas de Economía Azul que hay soldadores y muy buenos, pero ninguno certificado, y que en la industria petrolera sin certificado no se trabaja.

Dos ciudades a sesenta kilómetros. Dos sectores. Una semana. El mismo faltante.

Hay algo que ninguno de los dos dijo y que cualquiera que haya estado del lado del taller sabe: certificar cuesta. No es un trámite, es un servicio que se paga, y se paga cuando el contrato que está detrás lo justifica. En un astillero, en un gasoducto, la cuenta cierra. En la soldadura de todos los días no cierra, y entonces nadie certifica a nadie. El oficio se ejerce igual, bien, durante años, y no deja ninguna constancia.

Lo que pasa después es previsible. Cuando aparece el contrato que sí exige el papel, no hay tiempo de preparar a nadie. Se trae al certificador, o se trae al soldador.

Quiero ser preciso sobre mi lugar acá, porque es fácil confundirlo. No soy certificador ni vendo certificaciones. Tampoco soy soldador. Trabajé en definición y validación de perfiles profesionales, en formación de instructores, en diseño curricular. No es que no se haya trabajado: se trabajó mucho. Lo que veo es que no llegamos a tiempo.

El tramo vacío no es el de la certificación, que tiene dueño y tiene precio. Es el anterior: el del trabajador idóneo al que nunca evaluó nadie, que no tiene con qué probar lo que sabe, y que el día que llega la exigencia queda afuera aunque sepa hacerlo.

Vale la pena decir qué cambia cuando eso se resuelve. Para el trabajador, que lo que sabe deja de depender de que alguien lo recomiende. Para la empresa, que cuando le piden el papel puede mostrar de qué es capaz su gente, en lugar de salir a buscarla afuera. Para el sector, que empieza a competir por lo que sabe hacer.

Un taller solo no junta el volumen que hace que la cuenta cierre. Varios, sí.

No tengo una respuesta armada. Tengo una pregunta que me vengo haciendo desde el 2 de septiembre, y que en realidad viene de antes. ¿Qué habría que tener hecho, antes de que llegue el contrato, para que certificar sea un paso corto y no un viaje?


Fuentes

LU20, Trelew, 2 de septiembre de 2026, debate por el Día de la Industria.

LU17, Puerto Madryn, 9 de septiembre de 2026.